
A la región de Vologda llegué como turista profesional. La administración de la región organizaba un fam trip para presentar nuevas rutas y objetos de infraestructura, revivir curiosidades tradicionales y jactarse de otras nuevas. Para participar del viaje invitaron a agentes de grandes agencias de turismo y periodistas de revistas de viajes. O sea nuestra tarea era llevar la verdadera y encantadora imagén de la región a los consumidores para que se interesaran en su propio país y empezaran a viajar, por ejemplo, por la región de Vologda.
Durante el primer día viajamos por dos o tres zonas de la región que acababan de desarollar nuevos productos turísticos y necesitaban la evaluación profesional de sus resultados. El segundo día fue dedicado exclusivamente a la capital de la región.
En Vologda nos prepararon un programa muy extenso que incluso nos mareó un poco: tour por la ciudad, concierto folklórico, banquete y feria regional. En la feria exponían todo tipo de productores de Vologodchina –así se le dice a la región de Vologda,- se podía ver, tocar y probar tejidos, bordados, dulces y, claro está, la manteca. La extraordinaria manteca de Vologda era probablemente el tema principal del día. Evidentemente los organizadores querían hacer de nosotros unos expertos en ese producto. A la mañana, durante la excursión, nos contaron su génesis.

Sus raíces son extranjeras. En Rusia hasta mediados del siglo XIX casi no se producía manteca, en la vida cotidiana se usaba mucho la mantequilla hervida, que puede conservase un periodo más largo sin heladera. Nikolay Vereshchaguin, hermano mayor del pintor Vasily Vereshchaguin, estudió el proceso de producción de manteca en Suiza, Holanda, Dinamarca y otros países europeos y más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, fundó varias fábricas para producir manteca y quesos. Para enseñar a los empleados rusos, Vereshaguin invitó especialistas extranjeros. En aquel momento se le ocurió la idea de elaborar manteca de crema calentada a alta temperatura (de 80-85 a 110 grados centigrados según diferentes fuentes). Ese procedimiento le otorgaba un gusto singular a nueces. Aparte, según dicen, el gusto especial se lo debe al pasto de los campos de Vologodchina donde pastan las vacas.

Es interesante el nombre que le dió Vereshchaguin a esta nueva variedad de manteca. La nombró “parisina”, porque le hacía recordar el gusto de la manteca que había probado en la capital de Francia. El producto se hizo popular, lo empezaron a exportar a otros países, ya con el nombre de “peterburgués”: por ser transportado solamente desde esa ciudad. En los años 30 del siglo XX, la manteca se hizo conocida con el nombre de “vologdense”; pero la historia no termina ahí. Lo que pasó después nos fue referido durante el banquete. Pero antes nos esperaba la feria. Paseamos por el pabellón, mirando los trajes folclóricos que llevaban las chicas, escuchando coplas y canciones populares, degustando empanaditas, alfajores y otros dulces que nos ofrecían de cada puesto.

El lugar privilegiado de la exposición estaba dedicado a la producción de la manteca. Un muchacho audaz con un mechon enrulado que se escapaba de su casquete hacía girar un cilindro donde se batía crema. Cualquiera podía degustar el producto final con un pedazo mínimo de pan negro. El tamaño de la porción ofrecida no podía dar una idea clara de su gusto y menos aún satisfacer mi hambre. Cada vez que oía a alquien nombrar a la manteca de Vologda, crecian mis ganas de comerla hasta el hartazgo. En mi imaginación apareció, y no quería irse, una rebanada de pan fresco con una ola brillante de manteca cubriéndola. Lamentablemente los severos límites de nuestro programa no preveían una cosa tan simple como pan con manteca ni permitían hacer un alto en alguna panadería local.
A la noche, después de múltiples actos obligatorios, estabamos palpitando el banquete: entradas, copitas, platos calientes, musica ligera e intercambio de impresiones. Yo, adamás, no podía dejar de pensar en un pedazo de pan con manteca de Volodga. Sentía que ese plato sería la culminación del viaje, le daría un sentido y gusto particular que recordaríamos mucho después al escuchar el nombre “Vologodchina”.

Primero habló Potravkin de la municipalidad. Claro está, estaba muy contento de vernos y esperaba que promovieramos juntos los recursos turísticos de su patria. No dejó de recordarnos todas las riquezas que, según su opinión, podían atraer a turistas rusos y extranjeros: catedrales, palacios, casas típicas con adornos de madera, artesanías tradicionales y alimentos, entre otros, la manteca vologdense, que “cada turista tendría que probar y llevar consigo”. Potravkin siguió:
- Ahora quiero que conozcan mejor ese producto único de nuestras tierras...
“Ahora viene”, - pensé y estiré la servilleta nerviosamente.
- Les presento a la directora del Museo de la Manteca Vologdense, Tatiana Ivanova. Tatiana trabajó en la Academia de productos lácteos Vereshchaguin por 25 años y sabe de nuestra manteca más que cualquier otra persona en la región y, por lo tanto, en todo el mundo.

Si, otra vez me quedé sin manteca pero por lo menos nos contaron del subsiguente feliz destino del alimento principal de esas tierras. A principios del siglo XX la manteca se hizo tan popular que empezó a ser producida en otras regiones de Rusia. Entonces, para protegerse de la competencia, los productores de Vologodchina ponían en su manteca “manteca parisina (vologdense)”. En los años 30 salió una orden que acortó el titulo a “manteca vologdense” y en la misma época desarollaron un estándar según el cual debía ser elaborado ese producto. Una vez más los productores de otras regiones obtuvieron la oportunidad de hacerle competencia a Vologodchina, produciendo manteca vologdense según el estandar oficial. Por suerte, a fines del siglo XX la experiencia de Europa otra vez ayudó a la manteca original. Hace rato ya que roquefores, pizzas napolitanas, champañas y muchos otros productos en Europa se registraron según su supuesto lugar de nacimiento, para luego echar a sus burdas copias de otras regiones de los mostradores. Unos años después de complicados procedimientos tecnológicos y burocráticos la región de Vologda logró que la “manteca vologdense” sea una denominación geográfica protegida desde el año 2010. Es decir que desde este año solamente las fábricas de Vologodchina tienen el derecho de producirla, respetando ciertos procedimientos, claro está.
Luego Tatiana describió las particularidades del sabor y las propiedades beneficiosas de la manteca. Estuvo hablando un rato largo, con muchas detalles y pormenores químicos. Estabamos en plena fiesta, sentí la inspiración y en aquel momento supe como iba a empezar mi artículo sobre Vologodchina: “¡Maravillosa eres, oh, manteca de Vologda! ¡Feliz es la gente que puede comerte todos los días! ¡En ti encuentra sus fuerzas el hombre del Norte de Rusia!” Etcétera, etcétera. Todo valía, ya que el banquete salió bien...

A la mañana siguente se nos terminaba el programa, después del desayuno un autobús nos iba a llevar a la estación de trenes. Me levanté con la firme resolución de no dejar pasar la oportunidad y comer toda la manteca que pudiera. Para el desayuno se sirve manteca, ¿no es cierto? Nada de compromisos: mi desayuno sería pan con manteca de Vologda y mermelada de frutos del bosque. ¡Tal desayuno me aportaría energía para todo el día!
Bajé al cafe del hotel, pedí un té y me dirigí a la mesa donde estaban servidos los platos del desayuno. No había mermelada rústica, solamente de la de cajitas de plástico. Los pedacitos de manteca también estaban envueltos en envases individuales. Di vuelta el sobrecito para abrirlo y leí una inscripción: «Made in Finland».
Durante el primer día viajamos por dos o tres zonas de la región que acababan de desarollar nuevos productos turísticos y necesitaban la evaluación profesional de sus resultados. El segundo día fue dedicado exclusivamente a la capital de la región.
En Vologda nos prepararon un programa muy extenso que incluso nos mareó un poco: tour por la ciudad, concierto folklórico, banquete y feria regional. En la feria exponían todo tipo de productores de Vologodchina –así se le dice a la región de Vologda,- se podía ver, tocar y probar tejidos, bordados, dulces y, claro está, la manteca. La extraordinaria manteca de Vologda era probablemente el tema principal del día. Evidentemente los organizadores querían hacer de nosotros unos expertos en ese producto. A la mañana, durante la excursión, nos contaron su génesis.

Sus raíces son extranjeras. En Rusia hasta mediados del siglo XIX casi no se producía manteca, en la vida cotidiana se usaba mucho la mantequilla hervida, que puede conservase un periodo más largo sin heladera. Nikolay Vereshchaguin, hermano mayor del pintor Vasily Vereshchaguin, estudió el proceso de producción de manteca en Suiza, Holanda, Dinamarca y otros países europeos y más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, fundó varias fábricas para producir manteca y quesos. Para enseñar a los empleados rusos, Vereshaguin invitó especialistas extranjeros. En aquel momento se le ocurió la idea de elaborar manteca de crema calentada a alta temperatura (de 80-85 a 110 grados centigrados según diferentes fuentes). Ese procedimiento le otorgaba un gusto singular a nueces. Aparte, según dicen, el gusto especial se lo debe al pasto de los campos de Vologodchina donde pastan las vacas.

Es interesante el nombre que le dió Vereshchaguin a esta nueva variedad de manteca. La nombró “parisina”, porque le hacía recordar el gusto de la manteca que había probado en la capital de Francia. El producto se hizo popular, lo empezaron a exportar a otros países, ya con el nombre de “peterburgués”: por ser transportado solamente desde esa ciudad. En los años 30 del siglo XX, la manteca se hizo conocida con el nombre de “vologdense”; pero la historia no termina ahí. Lo que pasó después nos fue referido durante el banquete. Pero antes nos esperaba la feria. Paseamos por el pabellón, mirando los trajes folclóricos que llevaban las chicas, escuchando coplas y canciones populares, degustando empanaditas, alfajores y otros dulces que nos ofrecían de cada puesto.

El lugar privilegiado de la exposición estaba dedicado a la producción de la manteca. Un muchacho audaz con un mechon enrulado que se escapaba de su casquete hacía girar un cilindro donde se batía crema. Cualquiera podía degustar el producto final con un pedazo mínimo de pan negro. El tamaño de la porción ofrecida no podía dar una idea clara de su gusto y menos aún satisfacer mi hambre. Cada vez que oía a alquien nombrar a la manteca de Vologda, crecian mis ganas de comerla hasta el hartazgo. En mi imaginación apareció, y no quería irse, una rebanada de pan fresco con una ola brillante de manteca cubriéndola. Lamentablemente los severos límites de nuestro programa no preveían una cosa tan simple como pan con manteca ni permitían hacer un alto en alguna panadería local.
A la noche, después de múltiples actos obligatorios, estabamos palpitando el banquete: entradas, copitas, platos calientes, musica ligera e intercambio de impresiones. Yo, adamás, no podía dejar de pensar en un pedazo de pan con manteca de Volodga. Sentía que ese plato sería la culminación del viaje, le daría un sentido y gusto particular que recordaríamos mucho después al escuchar el nombre “Vologodchina”.

Primero habló Potravkin de la municipalidad. Claro está, estaba muy contento de vernos y esperaba que promovieramos juntos los recursos turísticos de su patria. No dejó de recordarnos todas las riquezas que, según su opinión, podían atraer a turistas rusos y extranjeros: catedrales, palacios, casas típicas con adornos de madera, artesanías tradicionales y alimentos, entre otros, la manteca vologdense, que “cada turista tendría que probar y llevar consigo”. Potravkin siguió:
- Ahora quiero que conozcan mejor ese producto único de nuestras tierras...
“Ahora viene”, - pensé y estiré la servilleta nerviosamente.
- Les presento a la directora del Museo de la Manteca Vologdense, Tatiana Ivanova. Tatiana trabajó en la Academia de productos lácteos Vereshchaguin por 25 años y sabe de nuestra manteca más que cualquier otra persona en la región y, por lo tanto, en todo el mundo.

Si, otra vez me quedé sin manteca pero por lo menos nos contaron del subsiguente feliz destino del alimento principal de esas tierras. A principios del siglo XX la manteca se hizo tan popular que empezó a ser producida en otras regiones de Rusia. Entonces, para protegerse de la competencia, los productores de Vologodchina ponían en su manteca “manteca parisina (vologdense)”. En los años 30 salió una orden que acortó el titulo a “manteca vologdense” y en la misma época desarollaron un estándar según el cual debía ser elaborado ese producto. Una vez más los productores de otras regiones obtuvieron la oportunidad de hacerle competencia a Vologodchina, produciendo manteca vologdense según el estandar oficial. Por suerte, a fines del siglo XX la experiencia de Europa otra vez ayudó a la manteca original. Hace rato ya que roquefores, pizzas napolitanas, champañas y muchos otros productos en Europa se registraron según su supuesto lugar de nacimiento, para luego echar a sus burdas copias de otras regiones de los mostradores. Unos años después de complicados procedimientos tecnológicos y burocráticos la región de Vologda logró que la “manteca vologdense” sea una denominación geográfica protegida desde el año 2010. Es decir que desde este año solamente las fábricas de Vologodchina tienen el derecho de producirla, respetando ciertos procedimientos, claro está.
Luego Tatiana describió las particularidades del sabor y las propiedades beneficiosas de la manteca. Estuvo hablando un rato largo, con muchas detalles y pormenores químicos. Estabamos en plena fiesta, sentí la inspiración y en aquel momento supe como iba a empezar mi artículo sobre Vologodchina: “¡Maravillosa eres, oh, manteca de Vologda! ¡Feliz es la gente que puede comerte todos los días! ¡En ti encuentra sus fuerzas el hombre del Norte de Rusia!” Etcétera, etcétera. Todo valía, ya que el banquete salió bien...

A la mañana siguente se nos terminaba el programa, después del desayuno un autobús nos iba a llevar a la estación de trenes. Me levanté con la firme resolución de no dejar pasar la oportunidad y comer toda la manteca que pudiera. Para el desayuno se sirve manteca, ¿no es cierto? Nada de compromisos: mi desayuno sería pan con manteca de Vologda y mermelada de frutos del bosque. ¡Tal desayuno me aportaría energía para todo el día!
Bajé al cafe del hotel, pedí un té y me dirigí a la mesa donde estaban servidos los platos del desayuno. No había mermelada rústica, solamente de la de cajitas de plástico. Los pedacitos de manteca también estaban envueltos en envases individuales. Di vuelta el sobrecito para abrirlo y leí una inscripción: «Made in Finland».

Enviado por Laris.























